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HISTORIA MÉDICA DEL NOA:
GÜEMES, BELGRANO Y SAN MARTÍN

Armando M. PÉREZ de NUCCI

El búho de Minerva solo emprende su vuelo a la llegada del crepúsculo.

Las Humanidades Médicas incluyen, por definición, a todas aquellas ciencias que hacen al hombre desde la medicina. Son un conjunto de disciplinas de y para el hombre integral, ser psicobiosocial y espiritual, cuya meta es la reivindicación de aquel como sujeto y único protagonista de la ciencia médica. En este contexto debemos inscribir la labor de especialidades como la Bioética, la Antropología Médica y la Historia de la Medicina.

Existe hoy más que nunca una urgencia de las humanidades al decir de Padrón . Considero de vital importancia esta urgencia, que afortunadamente lleva ya muchos años, porque el médico se ha ido enfrentando cada vez mas a un proceso de deshumanización técnica de sus procederes que destruyó a lo largo de los años la idea clásica que se tenia del hombre y, lo que es pero, la idea misma del hombre .

Un ejemplo clásico de esta aseveración lo constituye la paulatina constitución a partir del siglo XIX – tema de nuestro estudio y de esta exposición – de las denominadas mentalidades en ciencia médica. La mentalidad anatomoclínica buscaba la lesión anatómica como génesis y sentido de la enfermedad. La mentalidad etiopatogénica el agente microbiano o micótico. La mentalidad fisiopatológica el desorden energético material. El conocimiento de estas mentalidades es valioso, para poder recrear cual era el panorama intelectual médico en el período histórico que pretendemos analizar y como este razonamiento se proyecto en América a través de los primeros médicos extranjeros que ejercieron en nuestra región, formados en universidades europeas que instruían en esos aspectos anatómicos, fisiológicos o etiológicos de la enfermedad.

Pero, el hombre, ¿que lugar tenía en esa medicina que se jactaba de ser moderna y cientí-fica? Ciertamente no se encontraba en la lesión localizada, ni en el desorden funcional ni mucho menos en el microbio. El hombre para estas concepciones no estaba en la medicina, no al menos como persona. Había sido reducido a la condición de cosa y la medicina a una ciencia cosificada. Era la muerte del sujeto en medicina y a la postre demostró que ese no era el camino y fue nece-sario volver a las fuentes de la historia y la filosofía para crear un cuarto espacio de intelección, que fue el de la mentalidad antropológica, la humanitas de la hominitas, es decir lo que de humano tiene el hombre, lo que lo hace comparativamente incomparable y dueño de su subjetividad y su intimidad, traducido en aquel viejo dicho no hay enfermedades sino enfermos y que transformara en uno de mis textos hace algunos años en algo mas abarcativo al afirmar que no hay enfermedades sino hombres enfermos,poniendo antes la condición de hombres - gracia de Dios - ya que le enfermedad es una proyección defectiva del cuerpo o la psiquis y lo que prevaleció siempre fue su humanidad. Es decir, que se puede estar enfermo transitoriamente pero lo que nunca sucederá es que se deje de ser hombre. Amenos que medie un proceso de bestialización, claro está.

La concientización por parte del médico ha permitido el desarrollo de las Humanidades Médicas, que construyen de forma distinta al hombre desde la medicina. Volvemos así al concepto de homo infirmus como verdadero protagonista de la Historia de la Medicina, como sujeto substante y suprastante de ella.

Hay dos posibilidades de encarar la Historia de la Medicina, al menos en nuestra concep-ción.Una de ella es la que Lain Entralgo llama humanismo por extensión . Se refiere al que podemos desarrollar mediante la inclusión de la enseñanza de la Historia de la Medicina en los programas de pre y postgrado de la carrera de médico. Una materia formativa, que plantea al educando una serie de cuestiones básicas, que en su momento denominé ideas fuerza , para de allí partir a otros puntos de comparación y desarrollar la capacidad analítica y crítica, un estudio de las creencia, temores, conflictos, situaciones, etc. del hombre frente a la idea de la enfermedad y su propia finitud, integrada en una concepción local y nacional del problema. Lo que denomine entonces ciencia situada. Por eso, justamente, la historia ha sido recreación de hechos y actos específicamente humanos, al decir de Pérez Amuchástegui, maestro y amigo de mis comienzos.

Una segunda posibilidad es la del desarrollo del humanismo por intensión , que implica estudio, investigación, profundidad, buscar el “que” y el “porque” de las cosas. Es la tarea del investigador, del historiador serio y responsable, que plasma su labor en trabajos, investigaciones y docencia especializada. Es el camino del profesional, especializado e instruido para hacer su trabajo y hacerlo bella y rectamente.

La historia. Razón de ser de nuestras acciones, recreación intelectual e inteligible del pa-sado.La historia, que no se repite ni es magistra vitae sino comprehensio vitae, comprensión de la vida. Que tiene únicamente utilidad para el historiador que la descifra, investiga y comprende. Pero ese mismo historiador tiene la obligación de cumplir cabalmente con su cometido, de ser a la vieja usanza romana un vir bonus historia medicinae peritus es decir un buen hombre, experto en historia de la medicina, libre en proporción directa a su responsabilidad. Por ello, cuando el historiador de la medicina estudia, investiga y comprende una acción específicamente humana, también esta midiendo la responsabilidad emergente del uso de la libertad.

Entender la historia de nuestro país, de nuestra región, de Salta y Tucumán desde esta perspectiva, no es tarea fácil. En primer lugar existe un pensamiento argentino acerca de cómo sucedieron las cosas, fruto de nuestra producción cultural, esfuerzo de argentino que trabajaron y trabajan con fe en los ideales y realidades de nuestro país y de cada región. En segundo lugar, se debe tratar de no caer en el aislacionismo regional, ya que esta comprobado que la autarquía cultural es una utopía y una ucronía, ya que la cultura incomunicada y defendida herméticamente de todo lo externo, dogmática y censurada es una aporía también. En tercer lugar, jamás perder de vista que el hombre es el destinatario y única razón de ser de nuestra cultura, que reclama para la misma libertad y pluralismo.

Entendida así, Historia de la Medicina es un recuerdo de lo que ha sido, al servicio de una esperanza de lo que quizás llegue a ser y ese será el eje de esta exposición sobre la relación de Güemes con la enfermedad, en el marco de una concepción médica regional y con el contexto de la lucha por la emancipación.

La región del noroeste argentino hacia comienzos del siglo XIX carecía, en el aspecto médico, de las más elementales provisiones y recursos. Es ya conocido que provincias como Tucumán y Salta debían realizar ingentes esfuerzos para poder cubrir el cargo de Médico Titular de la ciudad y la prestación de servicios en los hospitales, cuando estos existían más allá de los pa-peles.

Los primeros veinticinco años del siglo XIX marcarían para nuestras provincias una serie de retrasos, postergaciones y situaciones de necesidad debidas principalmente a la denominada economía de guerra. Es éste justamente uno de los puntos de partida que tome para el estudio de la medicina regional porque pensamos que el retraso visualizado en los sistemas y desarrollo sanitarios del noroeste, tiene aquí su explicación.

La relación economía – salud jugó un papel preponderante en el desarrollo de una políti-ca sanitaria que, en la mayoría de los casos fue totalmente inadecuada para las necesidades de la gente y plagada de desaciertos, surgidos de la falta de efectivo para la tarea específica o de mal-versaciones consideradas necesarias en el momento. El caso de los hospitales de Tucumán es un dato paradigmático: durante casi doscientos años se recaudaron fondos para su erección y siste-máticamente los mismos fueron desviados a otros destinos por las urgencias que la realidad mar-caba a los gobiernos de turno.

El enunciado de las Leyes de Indias en el sentido que... en el medio del real habrá un hospital para asistir a los enfermos que allí hubieren....fue eso nada más, un mero enunciado que no se cumplió. Otro tanto en lo referido a la atención profesional, muchas veces demorada cuando no suspendida por falta de recursos.

Es tal el caso de los hospitales de Salta. En 1650 se encuentra una referencia al hospi-tal... cuando se menciona, como en el caso de Tucumán a la figura del mayordomo de dicha institución, sobre cuya existencia nada se dice. Pero la ciudad había sido ya fundada en 1582... y Vergara manifiesta que hasta 1659 no se lo había construido en la primera parte de su libro. Otro tanto manifiestan los documentos hacia 1795 .

De los mayordomos del hospital dice Vergara que se trataba de individuos de una pasta singular, salvo excepciones... y que su oficio consistía en percibir el noveno y medio de la participación de los diezmos, aceptar donaciones en efectivo, géneros y legados... y que esos funcionarios tomaron esos dineros y los colocaron a interés en personas de confianza... . Y así la historia continúa...

La historia es similar en Salta y Tucumán. Los fondos periódicamente eran destinados a otros fines y el ramo del hospital quedaba exhausto, se reiniciaban las colectas y donaciones hasta engrosarlo lo suficiente y vuelta a comenzar con lo que hoy llamaríamos malversación de caudales públicos, es decir su uso para otros fines que no eran los originalmente designados por los responsables en el gobierno.

La ya mencionada economía de guerra, las luchas por el poder, las obras públicas no relacionadas con la salud y consideradas prioritarias, los empréstitos y donaciones sociales y de necesidad y otras razones, irían postergando las aspiraciones de los habitantes de contar con un sistema sanitario eficaz o, al menos, que solucionara sus problemas más afligentes.

Entender esta situación ayuda a concebir inteligiblemente porque Güemes y Belgrano in-tercambiaban conocimientos médicos, consejos y recetas. No solamente debían conducir sus tropas a la victoria sino además tener los recursos intelectuales necesarios para no perder hombres a través de la enfermedad. Esa es parte de la historia que muchas veces los libros oficiales no cuen-tan de la realidad del noroeste argentino durante la Guerra de la Independencia:

Sin vestuarios, sin sueldos y sin otra recompensa que el ejercicio de sus propias vir-tudes, han tenido estos heroicos campeones que empeñarse en una guerra prolija y continuada, teniendo el placer, el honor y la gloria de haber amurallado con sus pe-chos la puerta de esta provincia, para que sus hermanos gocen de tranquilidad y del adelantamiento en sus intereses.

Uno de los elementos que tenemos para rastrear datos médicos del pasado que nos permi-tan establecer cual era el perfil patográfico de determinadas épocas de nuestra historia es justamente el análisis de la correspondencia y documentos de determinados personajes, hallándose éstos a menudo disimulados o escondidos entre líneas. Tal el caso de la correspondencia entre Güemes y Belgrano, que nos permitió hace unos años un estudio abrir las puertas del análisis de enfermedades, medicamentos y situaciones que hicieron a la realidad médica de comienzos del siglo XIX en nuestra región .

Ya he analizado con anterioridad este tópico, con motivo de un Congreso sobre el tema y a raíz de la publicación de correspondencia del General Güemes por esos años , que me permitió acceder a valiosa documentación e intentar reconstruir nuestro pasado histórico médico, material que también resultó valioso para la confección de mi tesis doctoral, presentada justamente el mismo año de la realización del Congreso de referencia.

Don Manuel Belgrano y el General Martín Miguel de Güemes mantuvieron un interesante intercambio epistolar durante los primeros años del siglo XIX que, desde el punto de vista de la historia de la medicina, permite reconstruir con bastante fidelidad, aspectos muy definidos referi-dos a padecimientos, enfermedades, remedios y costumbres relacionadas con la ciencia médica del mil ochocientos. En este caso, analizaré correspondencia entre los dos próceres y otros perso-najes íntimamente relacionados con ellos, entre 1815 y 1819, y obtenida del texto referido y actas capitulares.

La medicina de nuestro país a comienzos siglo referido, estaba influenciada por el pen-samiento mundial en la materia - Evolucionismo, Positivismo -, pero con características regionales y hasta veces locales, que le otorgan características propias, sobre todo en el noroeste argentino. Estoy formalmente convencido que, si bien la medicina del Viejo Mundo influyó en forma categórica en el desarrollo de una ciencia médica autóctona, no es menos cierto que el impacto que significó la inserción de nuevas técnicas y formas de entender la enfermedad y su curación provenientes de América, habría de modificar conceptos europeos que ya tenían siglos de vigencia. Muchos de estos aportes a la vieja medicina habrán de ser destacados y analizados aquí, intentando resaltar, no solo nuestra herencia americana, sino también la vigencia actual que la misma ha tenido en el desarrollo de una medicina tradicional - mal llamada popular por algunos autores - que todavía constituye la única opción para muchas regiones del noroeste argentino.

La presencia de la ipecacuana, los bálsamos de Tolú y del Perú, el tabaco, la quina, el cacao, el maíz y otros tantos aportes americanos en la farmacopea europea de comienzos del mil seiscientos, demuestran lo verdadero de nuestra aseveración. Ya desde la época de los primeros conquistadores, se hizo uso de la farmacopea aborigen y de sus conocimientos empíricos, con buenos resultados. Es que no siempre la espada estuvo acompañada de la cruz, de los libros o de las batas médicas, como lo establecían numerosas regulaciones al respecto, la mayoría letra muerta.

El análisis de la correspondencia entre Belgrano y Güemes demuestra el conocimiento que los protagonistas tenían de la medicina de su época, que no es más que el reflejo de aquel que los habitantes de la zona poseían.

Uno de los términos que aparecen con mayor frecuencia, es el referido al denominado temperamento. José Andrés Pacheco de Melo manifiesta a Güemes el 10 de Agosto de 1815 su queja por la manera que había sido recibido en Potosí por ese elemento, manifestando que el tem-peramento me ha recibido con piedras en la mano , destacando que el clima le había resultado sumamente malsano y origen de diversas enfermedades. ¿Cuáles eran las enfermedades prevalen-tes por aquellos años en el noroeste argentino? En primer lugar el paludismo. Son numerosas las citas que hallamos en los archivos acerca del chucho, las tercianas, las fiebres.La presencia de estanques y otros reservorios de agua no corriente en muchas zonas del noroeste, hizo que esta enfermedad fuera endémica hasta mediados de nuestro siglo, momento en que las campañas na-cionales consiguieron erradicar casi completamente el mal. La presencia del mosquito Anopheles, cuyo hábitat era justamente el agua estancada, condicionaba a la vez que favorecía la difusión de hombre a hombre del plasmodio causante de la enfermedad. A esta patología se refería don Juan Diez de Andino hacia el 1700, cuando afirmaba que el temperamento nocivo producía en la gente un color tan quebrado que de ellos a los difuntos no ay mas diferencia que andar a pie...

Era corriente el tinte cetrino de la piel por la anemia concomitante, los accesos de fiebre y el desánimo, cuadro éste ultimo atribuido con alguna frecuencia a la enfermedad del susto, una entidad clínica heredada de los españoles pero que adquirió matices propios en el noroeste argen-tino, persistiendo hasta la actualidad .
Por otra parte, los primitivos aborígenes de la zona conocían a la perfección el uso de la quina - otro de los valiosos aportes que América hizo a la Europa de fines del mil cuatrocientos - para combatir los síntomas del paludismo, en base a la observación empírica de sus efectos. El mismo Belgrano refiere en una de sus cartas que uno de sus oficiales no había podido salir de inspección ese día por haber sufrido de chucho toda la noche, manifestando mas adelante que el correo habría de llevar a la brevedad quina para que se remedien los enfermos .El uso de la cascarilla de la corteza de quina se usaba desde tiempos inmemoriales para curar cefaleas, fiebre y jaquecas que atacaban a los indígenas con frecuencia.

Otra enfermedad prevalente era el bocio, sobre todo en su variedad hipotiroidea , que también ocasiona cuadros de decaimiento, astenia y pereza intelectual. A esta enfermedad se refería también don Juan Diez de Andino cuando manifestaba en un informe al Rey de España que he visto unas ynchazones tan mustrosas que llaman cotos, que aogan a sus avitadores y particu-lar a las criaturas en quienes se ha reconocido que muchas desde el vientre de su madre salen con este achaque... , haciendo una lúcida descripción de lo que luego se denominaría bocio congénito y que habría de ser patología prevalente en nuestra zona hasta la actualidad.

El panorama se completa con los diversos cuadros parasitarios intestinales, tan frecuen-tes hasta la actualidad en nuestra zona, algunos de los cuales suelen provocar también anemia y decaimiento.

Pacheco de Melo en la referida misiva a Güemes, también pudo referirse al cuadro que la altura desencadenaba en los no habituados a ella; tal el caso del denominado por aquellos tiempos soroche, voz quechua que refería las molestias del apunamiento o mal de altura y que científicamente conocemos como mal de Puna o acronausia, consistiendo en una inadaptación del organis-mo por falta de oxígeno, que engendra una fisiología y una patología particulares. El cuadro pre-sente incluye cefalea gravitativa, pérdida de fuerzas, inapetencia, somnolencia, irritabilidad, pal-pitaciones, polipnea , sintomatología que va en aumento a mayores alturas y que, como podemos ver en los relatos de la época, puede causar muchos problemas a los efectivos de un ejército no adaptados a la zona, siendo el soroche el responsable, según algunos autores, de las derrotas su-fridas por las distintas expediciones patrias que intentaron en diversos momentos recuperar el entonces denominado Alto Perú.

Su presencia ha determinado el uso tradicional del masticado de hojas de coca para combatirlo, costumbre muy arraigada en las provincias de Salta y Jujuy y en menor grado en Tucumán. Se dice que la costumbre otorgaba una sensación de bienestar y mejoraba los síntomas de la altura, además de hacer ceder la sensación de hambre. Los documentos de la época también se ocupan de su comercialización y uso. En efecto, en el Acta Capitular de Salta del 27 de Se-tiembre de 1817 se manifiesta que todos los que introduzcan coca en esta ciudad paguen un peso por cada cesto, que debía imponerse a este vegetal en particular que es perjudicial no solamente al cuerpo sino también a la racionalidad del hombre .

El General José de la Serna manifiesta en un oficio haber secuestrado en un combate con las tropas patriotas ocho tambores de coca, lo que demuestra cuan difundido se hallaba su uso por aquellos años . A este respecto, es útil establecer aquí la distinción entre el cocaísmo, que es el hábito de masticar hojas de coca y el cocainismo que es el consumo de cocaína como estupefaciente. No se ha demostrado efecto nocivo en el uso del primero, debiéndoselo considerar una costumbre impuesta por los siglos para combatir los síntomas de la vida a gran altura y luego difundido popularmente en otras regiones.

Belgrano a su vez, conocía los efectos del medio y las enfermedades ya comentadas y es así que manifiesta a Güemes que el Dr. Ribero - uno de los médicos del Ejército - se hallaba en-fermo y sería reemplazado por el Dr. Berdía y que debía salir a curarse en un buen tempera-mento si quería recuperar su quebrantada salud, queriendo significar con esto la necesidad de cambiar de clima, acepción esta última que también puede adjudicarse en forma general al térmi-no temperamento.

También es posible recrear a través de la correspondencia analizada cuales fueron algu-nos de los padecimientos de Belgrano y Güemes. El primero de ellos, demuestra un conocimiento amplio de diversas enfermedades y de los remedios para las mismas, probablemente por haber padecido muchas de ellas, dato obtenido del análisis de muchos de sus escritos, aún desde su estadía en España hasta su periplo libertador americano.

Así, Belgrano se permite aconsejar a San Martín en el curso de la enfermedad que le aqueja en Tucumán, a poco de reemplazar a aquel en el mando del Ejército del Norte. En efecto, San Martín presenta en la oportunidad vómitos de sangre según los documentos de la época, lo que le debilita mucho y le obliga primero a retirarse hacia La Ramada para descansar y luego a abandonar la provincia, dirigiéndose hacia Córdoba a fines de recuperar mi quebrantada salud, como lo manifiesta el propio prócer en su correspondencia a Buenos Aires .

En esa oportunidad, Belgrano le manifiesta haber consultado el problema con sus médi-cos, quienes le habían manifestado que perder sangre por la boca no era nocivo para San Mar-tín, con motivo de haber sobrepasado los treinta y cinco años de edad, salvo que proviniese de algún golpe. He aquí una relación directa entre traumatismo y pérdida sanguínea aguda, even-tualidad frecuente en las heridas torácicas de guerra, las que aparecen con cierta frecuencia en los relatos de los médicos militares de la campaña libertadora argentina. Y el hecho de suponer que no era peligroso perder sangre por la boca a esa edad, supone la existencia de numerosos casos de tuberculosis en niños y adolescentes, hecho frecuente en nuestra zona hasta la actualidad. Lo que no se refiere como posibilidad, y que fuera la verdadera razón de la hemorragia, era la existencia de una úlcera gastroduodenal sangrante, medicada de allí en más con gotas de láudano y otros remedios ad hoc.
De todas formas, es éste uno de los casos en que la enfermedad trabaja para el mejor des-tino de la Patria. En efecto, el retiro de San Martín del Noroeste – que por otra parte él mismo consideraba inconveniente para combatir una guerra frontal - permitió la puesta en marcha y la realización del Plan Continental, que echaría por tierra definitivamente con las aspiraciones espa-ñolas para con nuestra tierra. Pero este genial plan de liberación no hubiera podido ser realizado si las espaldas del General San Martín no hubieran estado cubiertas efectivamente por la labor de Güemes y Belgrano, que colocaron un cerrojo a las aspiraciones realistas de ingresar a territorio patriota desde el norte. Es ésta una historia conocida pero no por ello valorada en toda su dimen-sión y comentada con la asiduidad y la fuerza que se requiera. Hubo un San Martín en Chile y Perú porque el noroeste argentino puso el coraje de sus hombres y los recursos económicos nece-sarios para que el prócer de Chacabuco y Maipú pudiese efectuar con total tranquilidad su tarea libertadora. San Martín reconoció en diversas oportunidades la labor del General Güemes y sus gauchos. El 12 de Abril de 1818, le manifestaba a Güemes que...hemos triunfado totalmente de los godos y hemos asegurado la libertad en Chile. Se cuanto agradará a Usted esta noticia...y el 8 e Junio de 1820 lo designa General en Jefe de la Expedición del Perú.

He hallado también en la correspondencia analizada, numerosas referencias a enfermeda-des de Belgrano, numerosas, de acuerdo al enunciado de las mismas, que él mismo comunica a Güemes en su intercambio epistolar de aquellos años.Sabemos que Belgrano era de naturaleza enfermiza y que por aquellos años se hallaba afectado de su aparato renal, enfermedad que habría de terminar su vida en poco tiempo.

Del estudio de la correspondencia he realizado un análisis de las afecciones mas repetitivamente mencionadas:

1.- Afecciones broncopulmonares: aparecen algunas referidas como pestecillas o resfrí-os. En una oportunidad, Belgrano reconoce que el estado de su salud no es bueno y que la pre-sencia de estas afecciones lo agravaba notoriamente. Es destacable aquí que Belgrano padecía del Mal de Bright que, entre otros síntomas daba faltas de aire y edemas mas marcados en este caso en los miembros inferiores, de manera tal que cualquier padecimiento que restringiera el ingreso de oxígeno a los pulmones - cosa que sucedía con los cuadros broncopulmonares - lo hacían sentir mal y agravaban su enfermedad. A este respecto Belgrano le manifiesta a Güemes que no hay cuidado que baste para los resfríos; ya que la máquina está muy cascada y no me han que-dado mas que las apariencias. Tengo un millón de dolamas y cuando no hay novedad por un lado aparecen por otro, pero como la imaginación está ocupada no me acuerdo las más de las veces de mí mismo .

En Agosto de 1817 esta pestecilla lo postra en cama por mas de diez días, refiriendo pasados veinte días de este acceso que bastante me he mejorado, pero aún no quiere salir del todo la tal pestecilla y lo peor es que tengo una debilidad suma que me incomoda bastante . En esta descripción se puede comprobar la aseveración anterior acerca de que las enfermedades intercurrentes agravaban el cuadro clínico basal de Belgrano y cada vez lo postraban más, que-dando en forma gradual más débil a media que transcurría el tiempo.

En 1819, manifiesta Belgrano estar sufriendo un fuerte ataque al pecho y al pulmón en una carta a Güemes, en la que además le pedía disculpas por no poder escribirle con mayor fre-cuencia debido a esta enfermedad . Ella debió causarle una cierta invalidez durante muchos días, ya que hace referencias a la misma en cartas sucesivas, lo que por otra parte agravaba su cuadro de ascitis con derrames toráxicos que ya había empezado a causar estragos en su minado orga-nismo. Justamente uno de los hallazgos de la autopsia de Belgrano realizada en Buenos Aires, demostró la existencia de un hidrotórax que supongo debió causarle notorios trastornos respira-torios traducidos en fatiga fácil, disnea , y decaimiento general.

Sobre esta misma enfermedad escribe a su sobrino manifestándole que tengo resentido el pulmón y el pecho y además del muslo y pierna derecha que necesito me ayuden a desmontar .La referencia al edema de miembros inferiores manifiesta la dificultad que Belgrano presentó para deambular y cabalgar en sus últimos meses, debido a la afección cardiorrenal que lo llevaría a la muerte.

2.- Trastornos de la visión: reconoce Belgrano su existencia al afirmar que mis ojos es-tán malos, pero mi voluntad hacia Ud. es siempre y será la misma .Ya a comienzos de 1817 había experimentado lo que él mismo denomina una fluxión a los ojos, que interpreto como una conjuntivitis simple, que cura sin secuelas y nada en cartas posteriores hace mención a esta en-fermedad, por lo que es dable suponer que curó sin secuelas. Como antecedente de estos trastor-nos oculares, el Dr. Miguel Gorman había diagnosticado en 1800 a Belgrano un trastorno en las glándulas lagrimales, cuadro al que se refiere con la expresión principio de fístula en ambos lagrimales .

3.- Traumatismo varios: se menciona un fuerte golpe de caballo que aparentemente no deja mayores molestias posteriores en 1816. Un segundo hecho traumático lo sufre hacia 1818, tam-bién por caída de caballo, sufriendo un feroz golpe que le imposibilita aún escribir, en parte por el golpe, en parte por una sangría que recibió por indicación médica en esa oportunidad. Este tratamiento era común en estos casos, suponiéndose que la salida de sangre aliviaba la presión en el cerebro y las zonas afectadas. La consecuencia mas frecuente era la provocación de una ane-mia que demoraba meses en resolverse, cuando no aceleraba en muchos casos el tránsito al otro mundo. En la oportunidad que referimos, Belgrano se hallaba tan débil que la carta es escrita por Fernández de la Cruz , oficial del General y quien reemplazara a San Martín cuando éste deja el mando del Ejército del Norte para retirarse a la Ramada a reponerse a su vez de aquella pérdida de sangre por la boca, ya referida.

4.- Trastornos digestivos: en 1819 presenta Belgrano vómitos y trastornos digestivos, probablemente diarreas, los que son tratados por el Dr. Berdía, manifestando el paciente su intención de marchar para el Tucumán a ponerme en formal curación hasta recuperar mi perfecto restablecimiento . Esta afección agravaba el cuadro de desmejoramiento general, presentando a esta altura de las circunstancias considerable edema de miembros inferiores e insuficiencia respiratoria con gran fatiga, que le obligaron a delegar el mando y regresar a Tucumán desde Pilar, iniciando el ya corto camino hacia la muerte, en un entorno de angustia, desagradecimiento, pa-decimiento y dolor que culminarían en Buenos Aires poco después.

En Octubre de 1819, Belgrano solicita al General Güemes la asistencia del Dr. Redhead, por el que el prócer sentía un gran afecto. La respuesta del segundo es ejemplar.Destina una suma de trescientos cincuenta pesos por vía de viático al médico y lo envía a Tucumán, atento a la nota del Excelentísimo General en Jefe Don Manuel Belgrano... para que lo cure y asista en la larga enfermedad que padece. Este médico, también ejemplar en su desempeño profesional, habría de instalarse en la misma habitación de Belgrano y se ocupó de mejorar, o al menos inten-tó mejorar con los recursos a su alcance, la precaria salud de su paciente. Un Belgrano desfalleciente e imposibilitado solicita a de la Mota Botello que escribiera a Güemes agradeciendo el gesto de enviar al profesional convencido y reconocido de su amistad, que ha hecho Ud. cuan-to ha podido hacer en su alivio .

Del Dr. José Redhead quiero manifestar que, nacido en Escocia y graduado en Edim-burgo, completó sus estudios de medicina en esa ciudad, resolviendo venir a tentar suerte en América y arriba a Buenos Aires en 1803, llegando a Salta para afincarse allí y ejercer su profe-sión hasta 1812 en que resuelve acompañar a Belgrano en su camino hacia el sur, participando en las batallas de Tucumán y Salta y teniendo un papel destacado en la organización de los hospitales de batalla, llegando a ser uno de los protagonistas de la historia médica de Tucumán, hecho del que ya me he ocupado al tratar la medicina de nuestra provincia .

Amigo de Güemes y Belgrano, es una de las figuras médicas paradigmáticas de la época y siem-pre se sentía en la obligación de acercar uno al otro cuando diversas circunstancias o individuos intentaban separarlos, llegando a manifestar por aquel entonces que las maquinaciones que hubo en Tucumán y aquí para impedir una amistad entre Ud. Y él que si se hubiera logrado como yo lo intenté, habría salvado al país...

De presencia agradable según los relatos de la época, su experiencia en medicina de gue-rra fue fundamental para el desarrollo de los hospitales de sangre, los de prisioneros y para la atención de los heridos en el mismo sitio de la batalla. Fue uno de los pocos médicos militares experimentado en acciones de guerra y su accionar fue prolífico y extenso.Partidario de la teoría de los miasmas, elementos que se suponía contaminaban los alimentos, el agua y las heridas - el equivalente de los agentes microbiológicos actuales antes del desarrollo de la bacteriología - propició el hervido del agua destinada a la bebida, la cocina y el lavado de las manos, consiguiendo con esta simple medida el descenso del índice de diversas enfermedades relacionadas con el problema de la contaminación microbiana.

Belgrano le apreciaba notablemente, llegando a mencionarlo en su correspondencia: anoche llego Redhead y tengo mis buenos ratos con él... manifestaba en una oportunidad a Güemes .

En 1819, Belgrano solicita a Güemes la presencia de Redhead por sentirse enfermo de gravedad. La respuesta es inmediata. Güemes responde al pedido del amigo, disponiéndose se asigne al médico la suma de trescientos cincuenta pesos en carácter de viáticos para viajara Tu-cumán el 5 de Octubre de ese año. Feliciano de la Mota Botello certificaría la llegada del médico a Tucumán al manifestarle a Güemes que el General Belgrano iba mitigando sus achaques con la asistencia de los facultativos, el descanso en su casa y la llegada del Dr. Redhead, que ha fijado su residencia en la misma habitación..., para manifestarle mas adelante que Belgrano estaba muy reconocido por el envío del médico y agradecía a Güemes haber hecho cuanto ha podido hacer en su alivio... Con esta asistencia de Redhead iniciaba Belgrano su ultimo viaje hacia la enfermedad y la muerte.

Acompañó Redhead a Belgrano en los últimos momentos de su enfermedad, siendo su escolta en el viaje a Buenos Aires, tramo que resultara agobiante para el General quien, a causa de la insuficiencia respiratoria y renal y de los edemas de los miembros inferiores y la ascitis que lo aquejaban, debía ser conducido en camilla desde el carruaje hasta el sitio donde debía pa-sar la noche. Belgrano moriría poco después, dejando a Redhead su coche y el reloj de oro que había recibido a su vez como obsequio en Inglaterra durante un viaje diplomático en 1815.

Después de la muerte del prócer, Redhead regresó a Salta, donde residió hasta su muerte, acaecida en 1846.

Otros médicos relacionados con ambos próceres y mencionados con una cierta frecuencia en la correspondencia, tuvieron destacado papel en la constitución de una medicina científica que habría de perdurar en nuestra región con valiosos antecedentes.

Uno de ellos fue el Dr. Manuel Berdía, quien presto servicios en Tucumán desde 1815 y hacia 1817 se desempeñaba como Cirujano de Vanguardia de las tropas acantonadas en la pro-vincia. Belgrano le envía a reemplazar al Dr. Ribero, quien se hallaba enfermo, llevando algunos medicamentos, no tantos como quisiera, porque estamos escasos de todo... .

Durante el tiempo de ausencia de Berdía, Belgrano asigna a su esposa, Doña Josefa Ló-pez, una asignación mensual de veinticinco pesos para su manutención, a pedido del médico, quien asistiría a Belgrano en su regreso desde Córdoba a Tucumán ya enfermo y muy decaído, como él mismo se lo expresa a Güemes al comunicarle que mis males siguen, aunque hace tres días que he podido suspender los vómitos, con el cuidado y auxilio de los medicamentos su-ministrados por el Profesor Berdía... . Mas adelante, hacia 1823, Berdía sería designado Médi-co Titular de la ciudad, cargo que desempeñaría honrosa y eficazmente, llegando a ser Goberna-dor Delegado en 1826 y Sustituto al año siguiente.

Mariano Vico es mencionado en una carta de Domingo Puch a Güemes , donde le mani-fiesta que hizo a Vico, Ramírez y Delgado, que conducen el parque y algunos enfermos, todo el obsequio que pude.... Este médico, nacido en Buenos Aires en 1778, fue compañero de otros colegas militares de la época en el primer curso del Protomedicato. Prestó sus primeros servicios militares durante las Invasiones Inglesas, integrando a fines de 1813 la comitiva del General San Martín que se dirigía a Tucumán y Salta, para después desempeñarse en la batalla de Sipe-Sipe. Regresaría a Buenos Aires mas adelante, falleciendo en 1844.

Matías Ribero o Rivero es mencionado en tres oportunidades en la correspondencia analizada. La primera de ellas en relación a un denominado por Belgrano ataque de apoplejía que sufriera Güemes en 1816 .En esta carta le manifestaba que era necesario consultar con Ribero y seguir un método en el vivir... como una conducta positiva para mejorarse.Las otras dos menciones se refieren a la enfermedad de Ribero y a su pedido de ser relevado, enviándose a Berdía a hacerlo . Este médico, también porteño y egresado del Primer Curso de Medicina del Protomedicato, comenzó prestando servicios en el Cuerpo de Patricios, para agregarse luego al Ejército Auxiliar en Tucumán en 1812. Su actuación fue eficiente y valiosa, participando de las batallas de Vilcapugio y Ayohuma. Según Michel Ortiz , fue el único médico presente en la batalla de Salta, ya que Redhead y Carrasco se hallaban prestando servicios en la ciudad, asis-tiendo a los heridos derivados allí. El General Belgrano, el 17 de Febrero de 1813, en el parte de la batalla menciona que también merece el cirujano del Nº 1 D. Matías Ribero mi memoria y aprecio; las circunstancias hicieron que se hallase solo en la acción y debo manifestar a V. E. que no perdió ni un instante en proporcionar a los heridos los auxilios de su facultad...

En la etapa de intercambio epistolar, Belgrano se interesó también de manera especial por la salud de Güemes, al punto de recetarle algunos recursos terapéuticos a veces. Con respecto a los ataques de cólico bilioso que Güemes manifiesta padecer, aquel le escribe que por aquello de poeta, médico y loco, todos tenemos un poco, vaya mi receta para el cólico bilioso: lo padecí un verano entero desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde y no tomaba mas alimento que agua de agraz helada y helados de agraz. Ud. felizmente no necesitará de tanto pues que ya se ha aliviado, pero a precaución un vasito de este helado de este ácido o de na-ranja o limón todas las noches después de hecha la cocción y verá Ud. que tono toma su es-tómago y como se robustece... .

De este texto, podemos sacar algunas conclusiones. La primera de ellas, la concepción de la enfermedad que se tenía por aquel entonces. El primer hecho destacable, es el de la extinción del mecanicismo como explicación del funcionamiento del cuerpo humano y sus distintos siste-mas, tendiendo el científico a un vitalismo tardío, que explicaba las diferentes funciones orgáni-cas como fenómenos químicos ; es el desarrollo de lo que conocemos como naturphilosophie del romanticismo germánico ( Schelling, 1797 - 1799 ), un redescubrimiento de las teorías de Para-celso. No de otra forma se puede explicar el término cocción que emplea Belgrano al referirse al proceso digestivo y al convencimiento de que el uso de sustancias químicas naturales - agraz, naranja, limón - influiría sobre él.

Por otro lado, es evidente por la sintomatología que padecía Güemes, que el cuadro era el de una dispepsia de tipo biliar o biliopancreática, que se agravaba ocasionalmente por las tras-gresiones alimenticias, a las que se refiere también Belgrano al escribirle que nada enseña mejor que la experiencia; con la salud hacemos muchas y es preciso no apurarla; cumpla Ud. con la palabra de cuidarla y particularmente adoptando las comidas mas sencillas...

Muchos de los problemas que sufría Güemes tenían su origen en la desordenada vida propia de aquel que debe hacer vida de guerrero en forma continua, que debe priorizar los pro-blemas de la guerra y de la patria a sus propias necesidades, además de no poder contar con ele-mentos para poder formalizar una dieta adecuada, dadas las circunstancias que impone una gue-rra de guerrillas, en las cuales la movilidad y la rapidez son elementos decisivos a la hora de su-mar o restar victorias. Y ello, desde ya, es incompatible con una vida ordenada y metódica, base del tratamiento higiénico dietético de este tipo de padecimientos. El Dr. José Redhead, de quien ya me ocupé antes, corrobora este accionar de Güemes, manifestando en una carta que Él (Güemes) poco se cuida de todo eso ; atiende a lo que debe hacer ; come asado cuando puede procurár-selo, anda medio desnudo, sin un peso para comprar vino, pan o aguardiente, rara vez duer-me bajo techo y deja a la calumnia inventar cuantas historias se le antoje . Los avatares de la campaña militar no permitían a Güemes ningún tipo de cuidado y ello le ocasionó en algún momento un ataque que se refirió como aplopejía y para el que Belgrano aconsejaba la atención del Dr. Ribero, al tiempo que no se podía substraer a su tendencia a recetar y le indicaba dieta moderada y de cuando en cuando un purgantito moderado .

Pienso que Güemes sufría de una dispepsia biliar, debida probablemente a una litiasis que no le produjo un cuadro agudo que, para los tiempos que corrían y los conocimientos quirúr-gicos de la época hubiera sido fatal para el prócer. Cabe acotar aquí que la cirugía biliar no habría de desarrollarse sino a partir de 1850, previo descubrimiento de la anestesia en 1846, lo que abrió a los ojos y manos del médico muchas cavidades hasta entonces prohibidas por la alta mortalidad que cada acto quirúrgico conllevaba. Con seguridad, el cuadro que padecía el General Güemes se trató de cólicos biliares a veces severos, que cedían espontáneamente o con la ayuda de colagogos, como la infusión de alcachofa o digestivos espasmolíticos como las de muña muña, arcayuyo, cedrón o copa- copa, muy usados en la farmacopea indígena y que persisten hasta hoy como eficaces elementos adyuvantes del acto médico tradicional de nuestro noroeste argentino . De estos cuadros opina Belgrano que Ud. solo no se cuida, cree que su cuerpo es de bronce y se equivoca: no se debe Ud. a si solo, sino a su mujer, hijo, y lo que es más, a la Patria... esto debe empeñarlo a tomar precauciones para liberarse de esos ataques furibundos . De todos modos, al mes de esta situación, no quedaban rastros visibles de enfermedad pero, al poco tiempo se produce una recaída en Octubre de 1818, lo que hace suponer la certeza del diagnóstico del cuadro antes mencionado, de naturaleza cíclica agravada por la falta de atención que Güemes prestaba a su salud, mas las inclemencias de la guerra. En esa oportunidad Belgrano le manifes-taba que le resultaba sensible la noticia de la enfermedad de Ud., preguntándose mas adelante ¿que diantre de mal es ése que no lo puede Ud. desarraigar?, al tiempo que le pedía a nues-tro Esculapio (Dr. Redhead) que arbitrara el medio de libarle de esos ataques .

Una reflexión interesante podemos hacer al respecto de la palabra ataque citada en ése y otros documentos de la época. Esta denominación es muy antigua, probablemente prehispánica para nuestras culturas. El aborigen concebía la enfermedad, sobre todo aquella que lo aquejaba en forma brusca y aguda, como el resultado de una agresión - ataque - de seres no ordinarios, como dioses o demonios. Todo aquello que le provocaba desazón y zozobra en forma inmediata y aguda, se debía a un ataque. De esta manera, las epidemias se imaginaban como el lanzamiento de pequeñas flechas por parte de diversos seres que introducían gorgojos en muchos cuerpos simultáneamente y con gran mortalidad. Belgrano no podía sustraerse a esta costumbre y de allí que califique de ataque a los accesos agudos biliares de Güemes, tal como cualquiera de nosotros lo hace hoy en día.

He hallado otra mención a afecciones de Güemes referida a mal de garganta, que puede ser interpretada como disfonías, gripe o anginas, de las que se recupera rápidamente.

Un hecho interesante surge del estudio de los estados de ánimo que ambos próceres experimentaban frente a determinados sucesos que los involucraban. En general estaban centrados metafóricamente en el aparato circulatorio, especialmente el corazón y la sangre, en una similitud a situaciones parecidas que pueden ser encontradas en textos clásicos grie-gos tales como la Ilíada y la Odisea, por citar dos de ellos y siempre en relación al carácter y la personalidad.

En efecto, Belgrano le manifiesta a Güemes que estoy con la sangre malísima designar la sensación que le causaba no poder ejecutar las cosas con la rapidez que él quería imprimir a su gestión en Tucumán, manifestándole en otra ocasión que tengo la sangre quemada al ver como se pospone el interés general por pasiones ridículas y pueriles a los que nunca mi corazón podrá ser capaz de dar abrigo . Las citas que refieren afectos al corazón y sentimientos a la sangre son numerosas y tienen la virtud de graficar explícitamente como se sentían ambos próce-res frente al desinterés y desánimo que a veces invadían los corazones de los menos apasionados por la causa de la libertad. Las dificultades sobre todo económicas que debían sufrir las provin-cias del noroeste argentino frente a la denominada economía de guerra ofrecen esta interesante arista de interpretación, a la luz de dichos populares que evidencian lo que en algún momento se denominó medicalización del lenguaje cotidiano.

El General Güemes es herido el 7 de Junio de 1821. Le esperaban diez largos días de agonía. Fue la suya una epopeya de sufrimiento y entereza. Una muerte lenta, por una probable peritonitis fecal, deducida de la zona en que ingreso y la trayectoria de la bala asesina, en momen-tos en que la medicina carecía de los recursos necesarios – anestesia, antisepsia, instrumental adecuado, experiencia, entre otros – para poder salvar su vida.

Historia en medicina es, como decía al comienzo, un recuerdo de lo que ha sido, al servi-cio de una esperanza de lo que quizás llegue a ser. Es, en definitiva, como decía Dilthey, com-prensión de la vida más que maestra de ella, ya que las circunstancias cambian con el tiempo y los hombres. Pero, en este caso, ha sabido abrir un portal esperanzador que habla del sacrificio de los hombres en aras de un país mejor, de un noroeste promisorio, alejado de enfermedad, pena y pobreza. Tal nuestro deseo.

 

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