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Dr. Nicolás Videla del Pino

 

Primer Obispo de la Diócesis de Salta del Tucumán

Por Ernesto Bisceglia

Por Real Decreto de fecha 7 de setiembre firmado por Carlos IV se nombra como primer Obispo de la recientemente creada Diócesis de Salta del Tucumán al Dr. Nicolás Videla del Pino, que al momento del nombramiento oficiaba como Obispo del Paraguay. El 25 de mayo de 1807, el Monarca, en cumplimiento de las disposiciones del Regio Patronato Indiano le otorgaba las ejecutoriales como Obispo.

Descendía de pura estirpe española, más precisamente de Don Alonso Videla Núnez (siglo XVII). Había nacido en la ciudad de Córdoba donde cursó sus estudios en las Facultades de Artes y Teología en aquella celebrada Institución fundada por el entonces Obispo Fray Fernando Trejo y Sanabria (1613/1614). Más tarde se graduaría como Bachiller y Licenciado y Maestro en Artes y también como Licenciado y Doctor en Sagrada Teología.

En el año 1765, Obispo del Tucumán Manuel Abad Illana lo promoverá a las Órdenes Mayores y será destinado a servir como Teniente Cura en la localidad de Río Seco, ostentando en un tiempo el Curato del Río IV. Pasará luego por Cuyo sirviendo en los Llanos, en la Rioja durante el prolongado tiempo de catorce años. Su prestigio le obtuvo del mismo Abad Illana el habilitar verbalmente a cualquier sacerdote, ya para que lo acompañase en el servicio, ya para que acudiera en ayuda de otros fieles. Durante su estadía en el Curato de la Rioja fundó cinco capillas: Mercedes, Niño Dios, San Antonio, Rosario y Candelaria.

En la ciudad de Córdoba pasó a ocupar una cátedra en el seminario de Loreto siendo nombrado Resolutor de casos  morales. Luego sería promovido como Promotor Fiscal de la Curia Eclesiástica de aquella ciudad, ganando incluso por "oposición y antecedentes" la Canonjía Magistral de la Catedral de Córdoba el 25 de mayo de 1782.

Ocupó además la función de Provisor, Vicario General y Gobernador del Obispado del Tucumán cuando éste se encontraba en Sede Vacante; cuando Ángel Mariano Moscoso fue nombrado para el cargo vacante fue su Provisor y Vicario General. En 1786, el 9 de octubre fue nombrado Juez Hacedor de Diezmos y el 23 de mayo del año siguiente Juez Vocal de la Real Junta de Temporalidades.

Otros cargos que supo ocupar fueron el de Arcedeán de la Iglesia de Córdoba (14-julio-1793) y Deán el 28 de julio de ese mismo año, por Real Cédula de Carlos IV. 

Una Real Cédula del 9 de marzo de 1802 lo propuso como Obispo de Asunción del Paraguay. Desde allí pasaría al Obispado de Salta, autorizado por el Papa Pío VII el 23 de marzo de 1807.

El campo de acción que Videla del Pino tenía por delante era verdaderamente inmenso: Vicarías Foráneas, Curatos rurales, Capellanías, Cofradías y otras "instituciones Pías", esperaban de su celo pastoral. A este trabajo de organización burocrática se agregaba otro mucho más complejo, como complejo es el ser humano; era pues, la relajada moral del clero, el abandono de las tareas pastorales por los religiosos y la caída en las vocaciones sacerdotales. La respuesta fue la inmediata aplicación a poner en funcionamiento un Seminario para la formación del nuevo clero. El lugar elegido fue una vieja construcción contigua a la que fuera otrora la Iglesia de la Compañía de Jesús y funcionó en modo irregular hasta su clausura en el año 1813.

Incluso la Matriz estaba en ruinas, de modo que el nuevo Obispo resolvió trasladar su Catedral al Templo que habían construido los Jesuitas en su momento y que supo estar ubicado en la esquina de las actuales calles Mitre y Caseros.

Desde aquel púlpito buscó incentivar la piedad del pueblo con sus sermones, especialmente en cuanto hacía a la devoción del Milagro.

En el orden político buscó con prudencia conjugar las relaciones con el orden civil en un momento de la historia en que los aires del cambio que propondría el Movimiento de Mayo de 1810 enrarecían el ambiente; en particular en cuanto hacía a la espinosa cuestión del ejercicio del Patronato Real. (Foto: Antigua Iglesia de los Jesuitas).

El dilema del nuevo tiempo revolucionario

Antes de avanzar en la relación del tiempo de Videla del Pino como primer obispo de la Diócesis de Salta, es conveniente esbozar algunas líneas de pensamiento sobre cómo sucedieron los acontecimientos en aquella época tan confusa.

En principio podrían señalarse tres ideas básicas: 1) el Movimiento de Mayo, si bien inspirado en fuentes del Iluminismo francés, no tuvo el sello antirreligioso de aquél; 2) El bajo clero que adhirió con fervor al nuevo sistema de gobierno fue el principal impulsor de la idea de libertad; y 3) La Santa Sede contribuyó a favorecer el espíritu anticlerical al negarse a reconocer a los nuevos gobiernos revolucionarios.

En cuanto al primer punto, los autores coinciden en resaltar la ausencia de pensamientos y procedimientos atentatorios del orden religioso colonial; por el contrario, consideraron a la Iglesia Católica como un punto de referencia de importancia en cuanto a la organización institucional. Sí, es verdad que los nuevos gobiernos intentaron avanzar con su regalismo estatal sobre la vida de la Iglesia, pero si lo hicieron fue buscando adecuar la relación Iglesia-Estado a la nueva realidad.

Los religiosos -aunque fuera indirectamente- contribuyeron a divulgar los principios de la Francia Revolucionaria, al margen de la astrosa tarea de los pesquisidores de la Inquisición que de cuando en cuando daban con alguna biblioteca secretas que contenía ejemplares prohibidos. No queda más que recordar que la propia Universidad de Charcas, administrada por religiosos fue un ámbito donde circulaban de manera semiclandestina las principales obras de los enciclopedistas franceses.

El primer periódico, el Telégrafo Mercantil, en 1801 publicó el manifiesto de Napoleón a los religiosos de la Republica Cisalpina -un estado satélite francés enclavado en el norte de Italia- donde animaba a la reconciliación entre la Iglesia y el Estado; en ese escrito Napoleón definía a los clérigos como "agentes naturales del Estado difundiendo y explicando sus políticos y decisiones entre el pueblo".

Hipólito Vieytes a quien la historia tiene quizás como un paradigma de la conspiración desde que en su establecimiento se reunían los mentores de la llamada "Revolución de Mayo", opinaba en su periódico Semanario de Industria y Comercio" que "el clero era un auxiliar indispensable como agente formador de consenso entre las masas en cualquier proceso de renovación política, económica y social que fuera a encararse".

Lejos estaban aquellos hombres de constituir una réplica acabada de los ateos y regicistas franceses, pero sí eran conscientes de que incorporar a Buenos Aires y por ende a todo el territorio a la economía y a las corrientes  políticas más modernas implicada obrar con pragmatismo y eso chocaba con la ortodoxia religiosa católica. Una economía abierta requería asimismo de espíritus abiertos y de libertad de cultos, lo que en los hechos hería de muerte al poder de la Iglesia Católica americana, en particular a los obispos -chapetones- españoles o aunque americanos, no estaban dispuestos a dejar que sus privilegios fueran manejados por la chusma.

En ese mar de aguas agitadas, un elemento más vendría a contribuir a distorsión de las ideas: la masonería. En la historia oficial no se tiene en cuenta la labor de esta institución, pero sin embargo en no pocas ocasiones ha tenido un protagonista decisivo en la resolución de hechos de la historia nacional.

Las Invasiones Inglesas (1806-1807) dejaron esa semilla de librepensamiento, universalismo espiritual, anarquismo religioso y republicanismo político; claro, sin olvidar esencialmente su fin último, el mercantilismo del libre comercio. Desde mediados del siglo XVII los Grandes Orientes europeos habían incluido a Buenos Aires en la organización de las jurisdicciones del cono sur. A principios del siglo XIX las autoridades virreinales ya se daban con algunas logias desde las cuales se comenzó a formar un cenáculo intelectual secularizado y secularizador.

Lo que pretendieron los hombres de Mayo fue reducir paulatinamente la influencia clerical en los asuntos de Estado, nunca extinguir la religión católica ni a sus representantes; véase por ejemplo la Declaración del 26 de agosto de 1810 de la Primera Junta en la cual reafirmaba el carácter del catolicismo como religión del Estado, o más todavía, la decisión del jacobino Mariano Moreno -Secretario de Guerra- que a pesar de su radicalismo procede a censurar  El Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau de todo aquello que "ofendiera a la augusta religión católica"

Hubieron, es verdad, medidas que pudieron ser tomadas como atentatorias de la órbita eclesiástica como la decisión de la Primera Junta de que se leyera La Gaceta del Estado en todas las iglesias, o la revocación de los párrocos no afines al régimen. También en los escritos había cierta animosidad contra los "hombres tonsurados", como es posible leer en la "Oración" inaugural de la Sociedad Patriótica donde Bernardo de Monteagudo plasmas un discurso cargado de ánimo crítico contra el rol de la Iglesia como cómplice de la opresión colonial:

«Entonces se perfeccionó la legislación de los tiranos; entonces la sancionaron a pesar de los clamores de la virtud, y para acabar de oprimirla llamaron en su auxilio el fanatismo de los pueblos, y formaron un sistema exclusivo de moral y religión que autorizaba la violencia y usurpaba a los oprimidos hasta la libertad de quejarse, graduando el sentimiento por un crimen. (...) Una religión cuya santidad es incompatible con el crimen sirvió de pretexto al usurpador. Bastaba ya enarbolar el estandarte de la cruz para asesinar a los hombres impunemente, para introducir entre ellos la discordia, usurparles sus derechos y arrancarles las riquezas que poseían en su patrio suelo. Sólo los climas estériles donde son desconocidos el oro y la plata, quedaban exentos de este celo fanático y desolador. Por desgracia la América tenía en sus entrañas riquezas inmensas, y esto bastó para poner en acción la codicia, quiero decir el celo de Fernando e Isabel, que sin demora resolvieron tomar posesión por la fuerza de las armas, de unas regiones que creían tener derecho en virtud de la donación de Alejandro VI, es decir en virtud de las intrigas y relaciones de las cortes de Roma con la de Madrid. En fin, las armas devastadoras del rey católico inundan en sangre nuestro continente; infunden terror a los indígenas; los obligan a abandonar su domicilio y buscar entre las bestias feroces la seguridad que les rehusaba la barbarie del conquistador.»

No es posible imaginar a los hombres de la Logia Lautaro o de alguna otra Sociedad Secreta llamando a los criollos a profanar íconos sagrados, más allá del relato del General Paz en sus Memorias donde da cuenta de que algunos oficiales patriotas destruyeron alguna parroquia en su retirada del Alto Perú; en todo caso, como ocurre siempre puso ser un hecho aislado.

Pero seguramente que la muestra más acabada de la ausencia de intencionalidad antirreligiosa fue el perdón concedido al obispo de Córdoba, Orellana, complicado en la conjura contrarrevolucionaria liderada por Santiago de Liniers, que como es sabido fue fusilado junto a los demás conspiradores.

Respecto del segundo ítem, es verdad que el bajo clero, párrocos, frailes y curas de poblados, adhirió fervientemente al nuevo gobierno siendo uno de los principales focos de propagación de las nuevas ideas. Donde más impacto tuvo esta reacción fue precisamente en esta región del norte de las Provincias Unidas y más propiamente en el Alto Perú donde el movimiento alcanzó por momentos ribetes de guerra social. Aquí es donde las tensiones en la files de los eclesiásticos se hicieron más ostensibles; mientras los jerarcas católicos estrechaban filas en torno al soberano español, a la par surgía un nuevo tipo social, el cura criollo o mestizo de "tendencias rusonianas", al decir de un autor. Éstos últimos participaron del movimiento ya como capellanes de los ejércitos patrios o movilizando las "Republiquetas" desde el propio púlpito utilizado como panfleto revolucionario. En todo caso, las medidas que se tomaron contra algunos clérigos por parte de quienes conducían esos ejércitos tuvieron más bien el carácter de disciplinar el ambiente que de atentar contra la religión.

Lo cierto es que la mayoría del bajo clero adoptó una posición que renegaba de lo que pensaban sus superiores. Era posibles escuchar en los sermones expresiones "(deben terminar) los perversos y tiránicos gobiernos coloniales", o bien que la Independencia era "útil a la Patria, a la Religión y al Rey". La historia oficial no sólo oculta estos hechos sino que los condena al olvida y con ello a destacados sacerdotes que aún desobedeciendo al Papa, sufriendo persecuciones, castigos y hasta fusilamientos, contribuyeron de modo valioso a la emancipación americana. También hubieron curas enrolados en las logias lautarinas, como el canónigo Juan Pablo Fretes que actuó junto a O'Higgins.

En síntesis, puede afirmarse que en estas Provincias Unidas la acción del clero fue decisiva, no sólo apoyó el Movimiento sino que fue una de sus causas. ¿Por qué?, sencillamente porque desde el inicio los eclesiásticos se mostraron en una actitud definida; en los días previos al 25 de Mayo, Fray Ignacio Grela fue uno de los que protestó la elección de Cisneros como presidente de la Junta del día 24. La petición que solicita el nombramiento de una nueva Junta está avalada por la firma de 17 sacerdotes que contradicen con ello el pensamiento de sus superiores y será el Deán Funes quien haga fracasar el intento contrarrevolucionario generado en Córdoba. ¡Qué decir de los frailes durante la Guerra de la Independencia!, piénsese solamente en la figura de Fray Luis Beltrán, capellán y artillero del Ejército de los Andes. Finalmente, véase el Acta de la Independencia del 9 de Julio de 1816 y entre los 29 firmantes se hallarán a 16 sacerdotes.  Diecisiete sacerdotes se vieron impedidos de confesar por abrazar la nueva política y más de cincuenta fueron expulsados del país

Huelgan más palabras para acreditar que la actuación del clero fue decisiva y esa participación fue saldad con expulsiones, persecuciones, destituciones, cuando no con la vida de muchos religiosos; ya a manos de unos, ya de otros.  Faltaba todavía alrededor de una década para que el proyecto liberal rivadaviano -octubre de 1822- tomara medidas como la abolición del fuero personal del clero, la abolición del diezmo o la supresión de conventos con menos de diecisiete miembros, por ejemplo; e hiciera fracasar la misión Muzi enviada por el Papa.

En síntesis, si bien no existió una política anticlerical manifiesta, los cambios fueron notables, no sólo en las relaciones entre la Iglesia y el Estado sino también entre ésta última y la sociedad. En principio se acentuó una libertad de cultos que en los hechos existía, pero también la necesidad de adecuar la burocracia política a la nueva situación imponía la toma de medidas secularizadoras, vista la enorme ingerencia el clero en la vida colonial. Así, en 1811 el cargo de censor eclesiástico de imprenta para temas no eclesiásticos fue eliminado y el Segundo Triunvirato en 1813 creó una Comisaría General de Regulares con la cual pretendía ejercer un control político más estricto sobre las Órdenes; aunque este organismo no sobreviviría más allá del Congreso de Tucumán que lo aboliría.

En cuanto al tercer punto, la posición de la Santa Sede frente a los cambios políticos operados en las colonias, ésta mantuvo como era de suponer su posición apegada al régimen monárquico; y es necesario comprender que así fuera. Desde el punto de vista estrictamente político-jurídico, aquellos eran gobiernos ilegítimos a todas luces, surgidos de movimientos que contravenían el orden de las instituciones. Se agrega además que los años que van desde 1810 hasta el Congreso de Viena (1815) son los últimos del Imperio de Napoleón y la antesala de la época de la Restauración, de modo pues, que la Iglesia no podía quedar al margen de esa política.

Poca gracia pudieron hacerle a los miembros de los gobiernos americanos las expresiones de los pontífices en sus encíclicas, cuando se expresaban respecto de ellos con calificativos tales como:

"ha venido a reducir en esas regiones la cizaña de la rebelión que ha sembrado en ellas el hombre enemigo, como que conocemos muy bien los grandes perjuicios que resultan a la religión, cuando desgraciadamente se altera la tranquilidad de los pueblos".

O peor aún esta otra:

"o podemos menos de lamentarnos amargamente, ya observando la impunidad con que corre el desenfreno y la licencia de los malvados; ya al notar cómo se propaga y cunde el contagio de libros y folletos incendiarios, en los que se deprimen, menosprecian e intentan hacer odiosas ambas potestades, eclesiástica y civil, y ya por último, viendo salir a la manera de langostas devastadoras de un tenebroso pozo, esas Juntas que se forman en la lobreguez de las tinieblas, de las cuales no dudamos en afirmar con San León Papa, que se concreta en ellas , como en una inmunda sentina, cuánto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas la sectas heréticas".

Videla del Pino y el Movimiento de Mayo:

Mientras el Obispo Moxó había recibido con todo su clero a Castelli y éste reconocía en sus informes que había hallado "como 3.000 indios en pie de guerra capitaneados por los curas", su conducta inmoral y sus atropellos en el norte produjeron más bien un beneficio para los realistas; daños que luego el General Manuel Belgrano debió enmendar y recuperar el sentimiento de aquellas gentes para con la Revolución. Se decía entones que "era mejor ser español que porteño", hasta ese punto las cosas.

En tanto el Obispo Videla del Pino se mostró en todo conciliador con el Movimiento de 1810, a pesar de que no todo el clero salteño estaba conforme, en mucho debido a los desvaríos de Castelli. Sin embargo, cuando en 1812 Belgrano se hizo cargo del Ejército del Norte, al llegarle noticias de que el prelado salteño intercambiaba correspondencia con los realistas, procedió a intimarlo a que el "perentorio término de veinticuatro horas" dejara el territorio de Salta, bajo el cargo de mantener comunicación con los enemigos, concretamente con Goyeneche.

"Ilustrísimo Señor: En el término de veinticuatro horas se pondrá V. S. I. en marcha para la capital de Buenos Aires, pidiendo todos los auxilios precisos, pero a su costa, al prefecto de ésa, a quien con esta fecha imparto la orden consecuente. Dios guarde a V. S. I. muchos años. Estancia del Río Blanco, 16 de abril de 1812. Manuel Belgrano".

La correspondencia que dio lugar a esta decisión fue una carta interceptada del general Goyeneche al virrey del Perú Abascal en la que uno de sus párrafos hacía referencia a Videla del Pino, mencionándolo así:

"...de Salta avisó el obispo que las capitulaciones de Elío son fictas; lo cierto es que los pliegos para V. E. y para mí no han venido e ignoro absolutamente el estado de aquella capital (Montevideo), de la que hemos cogido Gazeta hasta 26 de noviembre (de 1811)"

El hecho concreto es que cartas ológrafas del obispo Videla del Pino  no aparecieron nunca a la luz de la historia, y dirá el Dr. Julián Toscano con su autoridad de que más se trató de una "calumnia inspirada por deseos de venganza de parte de algunos de sus enemigos personales". De todos modos se plantea el interrogante respecto de cuál fue la razón que llevó al cristiano General Belgrano a proceder con tanta firmeza y dureza. Los historiadores coinciden en que la piedad y hasta la ingenuidad de Belgrano eran incapaces de llevarlo a urdir una mentira o siquiera alguna maquinación a causa de la cual estaba en juego nada menos que la fama y la libertad de un obispo. A eso, el autor agrega de su coleto, que hay que considerar también las presiones que debía soportar porque el triunfo de las armas en aquellas circunstancias era decisivo para la suerte del gobierno de Buenos Aires; así lo probaría luego el triunfo del 20 de Febrero de 1813. Si Belgrano no hubiera ganado aquella Batalla, nada habría detenido a los realistas hasta Córdoba y desde allí al Puerto y Buenos Aires hubiera seguido la suerte de todo el resto del Continente hacia 1816.

Dice monseñor Piaggio al respecto algo muy cierto:

"formulamos dos hipótesis; o se fió (Belgrano) de la afirmación de algún subalterno suyo, que le dijo haber interceptado la carta del obispo, sin mostrársela; o si la vio, ella no tenía más valor que la presunción que despertaba de que fueran ciertos los rumores que los enemigos del obispo Videla hacían circular, de que mantenía correspondencia con os jefes realistas, comunicándoles aquellas noticias que podían ser perjudiciales a los patriotas. No nos explicamos de otra manera que el General no haya remitido al Gobierno la dicha carta, cuando de ella le hablaba al comunicar las medidas tomadas contra el prelado y que las hubiera justificado. Y nos da derecho para creer que no la envió, el que no lo insinúe en su comunicación y el que la Gaceta, que publicaba todas las interceptadas a los enemigos, no la haya publicado".

Más revelador es el párrafo de Toscano:

"¿Cómo un general tan cristiano afirmaba, si no era verdad, que había interceptado una carta del obispo a Goyeneche?; creemos que lo que dice de los escritores que han reproducido la especie, puede replicarse a quien formulara esa pregunta: "¿Por qué, si se logró interceptar comunicaciones del obispo a los jefes realistas, los historiadores no han publicado esos documentos que debieron de servir de cabeza a su proceso? ¿Es que sólo se conocía el hecho por meros rumores que dieron base a la orden ejecutada? ¿Dónde están pues, esas cartas? ¿Quién las ha visto? Por lo menos las que se forjaron merecen conocerse a título de curiosidad histórica. Mas nadie se ha preocupado de inquirir si hubo o no un fondo de verdad, o tal vez de falsedad calumniosa, fácil de explotarse en esos momentos de ardor político y de luchas; todos se han contentado y dado por satisfechos con recoger la especie y consignarla, sin conocer fundamento alguno de prueba".

La expresión "momentos de ardor político" resume los ánimos del momento y da razón sobre lo expuesto: es imposible juzgar los espíritus y las conciencias, sólo es posible echar un manto de piedad sobre los protagonistas. Videla del Pino era hombre crecido en la más rancia tradición hispánica; un escrito emanado de la Curia de Salta lo define como "patriota y realista, aunque americano, permaneció fiel al Rey a su juramento" y Belgrano un sencillo hombre, devenido en General de un Ejército por razones de las vicisitudes históricas, consciente eso sí, de que de su suerte dependían las Provincias Unidas. Era muy difícil decidir con serenidad en aquellos días.

Y a refrendar los párrafos anteriores vienen las propias palabras de Belgrano, cuando expresa:

"pero en el momento en que he visto las cartas de Goyeneche no he podido contenerme, pues veía expuesta la seguridad de las armas habiendo esta clase de sujetos" (De Egaña. op. cit. Pág. 731)

Luego dirá también:

"Generalmente se me ha dicho que este prelado era contrario a la sagrada causa de la Patria, que de su casa salían las noticias más funestas y que se empeñaba en el desaliento y, por consiguiente, en la desunión"

De lo que es posible colegir que en las dichas cartas "no hay una sola frase del prelado, sino sobre el prelado"; vale decir que el hecho de ser mencionado por terceros le valió al obispo la condena de Belgrano; cuyo comportamiento merece la consideración de la situación en que se hallaba y las presiones que soportaba.

Marchó, pues, Videla del Pino a Buenos Aires según la orden del General Belgrano, dejando la Sede vacante, en situación similar a la acontecida con el obispo de Córdoba Orellana y cuando ocurriera el fallecimiento de Riega y Lue en Buenos Aires; de modo que el gobierno le obligó a nombrar como provisor a José Idelfonso Zabala. Este nombramiento contrariaba el espíritu y la norma canónica, de modo que Videla se dirigió reclamando tal situación a la Asamblea de 1813, diciendo:

" (porque este nombramiento provocará)  trastornos y perplejidades que naturalmente se han de seguir en la línea eclesiástica y espiritual en todo mi obispado, con la inducción de una vacante por vía de hecho y contra derecho, removiendo aún a mi provisor y poniendo el gobierno eclesiástico en el capitulo, como si yo hubiese fallecido o sido depuesto, de que resulta la anxiedad de las conciencias por la nulidad de los actos jurisdiccionales y de fuero interno".

Videla del Pino fue confinado en Buenos Aires en el convento de los mercedarios sin que su parecer fuera siquiera tomado en cuenta, puesto que el candidato "oficial" se hizo sin más cargo de la situación. Más todavía, el exiliado obispo debió prestar un juramento de fidelidad por el cual aceptada el nuevo estado de cosas, debiendo incluso padecer el arresto "con guardias a la puerta de su havitación".

Durante los dos años que siguieron a la expulsión de Videla del Pino de Salta, éste hubo de soportar constantes interrogatorios durante los cuales pasaba toda clase de gente, se contaron "muchos que estaban por su perdición". Finalmente, el 25 de mayo de 1814, se dictó un fallo donde se le autorizaba a residir y "ambular" libremente por el curato de Tulumba. Fue sin duda una forma discreta de reconocer su inocencia, pero sin ningún tipo de desagravio, todavía más, de hecho se le prohibía volver a su obispado.

En 1816, las provincias del interior se daban cita en la ciudad de Tucumán para decidir la suerte política de las Provincias Unidas en un Congreso. No podían haber elegido peor momento, ya que salvo esta región, todo el territorio había sido prácticamente reconquistado. El General San Martín urgía desde Mendoza un pronunciamiento para afirmar políticamente su proyecto continental y el mismo Güemes hacía otro tanto para poder iniciar su plan de avance hacia el norte complementando el otro flanco del "Plan Tenazas".

Un año antes, el Director Supremo Ignacio Álvarez Thomas había firmado un indulto general y Videla del Pino que residía por entonces al la "Villa de la Concepción del Río Cuarto" (Córdoba), pensándose en comprendido en las generales de dicho decreto se apuró a enviar una carta de agradecimiento informando incluso de su decisión de volver a ocupar el cargo en su diócesis, más nada de esto fue posible.

Por eso, cuando el Congreso estuvo reunido en Tucumán, el día 8 de julio fue leída una presentación de Videla del Pino donde expresaba sus deseos. Si bien esta carta contaba con el apoyo de los diputados salteños que expresaban el sentir del propio pueblo, el asunto no tuvo decisión inmediata y pasó a ser debatido.

En este punto se puso de manifiesto nuevamente que los hombres de aquellos gobiernos estaban lejos de querer agredir a la religión, ya en su dogma, ya en sus hombres; el Doctor Passo, por caso expuso su posición favorable a la religión católica diciendo:

"que si llegase el caso de faltarnos obispos y se allanara el enemigo a franquearnos uno, debíamos admitirlo, aunque fuese opuesto a nuestro actual sistema, tomando todas las precauciones para que no nos dañase con su influjo".

Sin embargo, Videla del Pino no obtuvo ninguna resolución; se piensa que quizás las dudas sobrevivientes del episodio con Belgrano pesaron. Tampoco sus enemigos se privaron entonces de echar alguna leña al fuego, como el caso del gobernador de Córdoba que presentó denuncias contra la conducta del prelado durante su estancia en esa provincia, motivos que no fueron tomados en cuenta y por el contrario, resultaron desestimados.

Mientras esto ocurría, el avance realista se proyectaba amenazante sobre Tucumán por lo que el Congreso debió disolverse y el obispo fue llamado a Buenos Aires, donde llegó hacia mayo o junio de 1817. En aquella ciudad pasaría sus dos últimos años, dedicando su tiempo a la administración de su ministerio sacerdotal, vista la ausencia de prelado que había desde la muerte del obispo Riega y Lue, en 1812. Decía por entonces Videla del Pino en una carta:

"(la larga vacante) me persuade que tanto ella como su feligresía pueden necesitar de mi ministerio, el venerable, cabildo eclesiástico y su discreto provisor con generosa franqueza me han concedido todas sus facultades, y sólo usaré de ellas en aquellas funciones y ejercicios que la alta comprensión de V. E. (se refiere a Pueyrredón, Director Supremo) las estima útiles y necesarias". (ob.cit. Pág. 730)

La respuesta del gobierno fue de tono cortés, pero sin ánimo alguno:

"S. E. considera útil y necesario que V. E. I. use plenamente de las facultades que le ha dispensado la potestad eclesiástica de esta diócesis... y se interesa, además, en que V. S. I. pontifique en el día aniversario de nuestra gloriosa independencia". (ob.cit. Pág. 730 in fine)

El Doctor Nicolás Videla del Pino, primer obispo de Salta murió en Buenos Aires el 17 de marzo de 1810. 

 

Por Ernesto Bisceglia - www.portaldesalta.gov.ar/bisceglia.html

 

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