Por Gustavo Flores Montalbetti
El presente trabajo surgió de la simple intención de mencionar ciertos ejemplares conocidos y renombrados en las comunidades o en sus cercanías, lugares donde esos árboles crecieron habiendo sido testigos mudos de hechos representativos y que guardan un profundo sentimiento de pertenencia para la gente de la zona. Traigo a colación los estudios específicos que sobre este tema realizaron profesionales de la talla de Lázaro J. Novara y Elio Daniel Rodríguez, quienes afirman “Los árboles históricos, son ejemplares bien determinados que fueron testigos de acontecimientos o personajes que trascendieron su tiempo y que se hallan vinculados de alguna manera con nuestra historia, constituyéndose en un valioso patrimonio de la memoria y de la cultura del país, provincia o región en donde el individuo se encuentra. Se trata de ejemplares merecedores de un especial cuidado y mantenimiento dada su relevancia, ya que poseen características históricas, culturales o botánicas que los diferencian de sus congéneres, lo que los convierte en un valioso patrimonio de importancia para el país y la comunidad. En muchos casos, el individuo original pudo haber muerto, pero antes de su desaparición es posible que se hayan obtenido retoños por vía asexual (estacas o acodos) por lo que llevan la misma carga genética y aspecto general que el árbol primigenio. La catalogación de los árboles históricos fue iniciada en nuestro país por el historiador Enrique Udaondo, en su libro Árboles Históricos de la República Argentina en 1935, donde dio visibilidad a los árboles asociados a hechos relevantes para la historia de nuestro país, y junto a la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos fue promotor del cultivo de retoños y acciones educativas y celebraciones como el Día del Árbol -29 de Agosto-, que fuera propuesto por Estanislao Zeballos el año 1900.”
Agregar otras especificaciones, excederían el objetivo propuesto.
Sobre la estimación o interpretación de ciertos acontecimientos y referencias, dejo plasmado lo enunciado en una comunicación mantenida por los doctores Vicente Arias y Carlos Gregorio Romero Sosa “es evidente que muchas tradiciones verbales, escuchadas de padres a hijos, han sufrido deformaciones y han introducido variantes fundamentales en la esencia misma del hecho histórico, poblando así de anacronismos y disparatadas hipótesis toda esa hermosa esencia que constituye la verdadera historia nacional. Y es deber de justicia y patriotismo que las generaciones jóvenes se dediquen preferentemente a efectuar en el terreno virgen de la historia nacional a investigar a fin de aclarar puntos nebulosos, de reafirmar todo cuanto fue verídico y de desechar todo aquello que fue solo fruto espontáneo de la leyenda, de las fantasías que llegaron a producirse en aquellas horas agitadas por la Libertad y Organización definitiva de la Patria.”
De acuerdo a ciertas narraciones y publicaciones, planteo la enumeración de un modesto registro con el solo objeto de recuperar la presencia que hubo en algún momento, de ejemplares que atesoran un gran significado histórico como parte del Patrimonio Cultural de la Provincia de Salta, sin tocar ni adentrarme a comentar especificaciones establecidas por la Botánica ni la de los estudiosos locales que a ella se dedican, en señal de profundo respeto.
1.- “La Tipa de la Independencia”

Al presente no contamos con un escrito que permita dar por verdadera y de manera contundente la hermosa versión que involucra al paraje de Río Piedras (o Río de Las Piedras) que fue escenario del triunfo patriota al librar la batalla de igual nombre. Un destacado y decisivo hecho de armas para la Historia Argentina en un lugar donde “al día siguiente el Dr. Vicente López y Planes encendido por el fervor patriótico, a la sombra de una tipa comenzó a escribir las estrofas que luego formarían parte de la letra del Himno Nacional Argentino.”
Don Pedro Bourel, figura relevante del ámbito cultural y periodístico argentino, en una carta escrita al Dr. Adolfo Carranza narró la historia de la “Tipa de la Independencia”, historia que según expresó, le fue repetida en Salta y confirmada como auténtica. Además, expuso Bourel “encontrándome en las proximidades del Río de Las Piedras, el Sr. Martindale, vecino del lugar que hacía de guía, lo llevó a conocer la Tipa de la Independencia” y añadió, “la gente del lugar y de toda Salta tenía por seguro que allí, debajo de ese árbol, don Vicente López y Planes escribió el Himno Patrio”; y esta versión difundida y tenida por cierta provenía porque el mismo Dr. Vicente López, le dijo al gobernador don Tomás Arias que volvía a Salta luego de asistir al Acuerdo de San Nicolás que “al pasar por el Río de las Piedras, se fijara si todavía estaba la tipa”. Como el gobernador Arias le preguntó para que habría de fijarse en ese detalle, don Vicente le respondió “que allí había escrito el himno”. Pedro Bourel, añadió que don Tomás Arias en su viaje de regreso pasó por Río Piedras, encontró el árbol en el sitio indicado. Desde entonces quedó consagrado como “la Tipa de la Independencia”.
Para mayor precisión, el historiador Antonio Zinny manifestó “(…) el doctor Vicente López figuró en la vida pública de un modo prominente y como ciudadano ejemplar; como magistrado recto y estadista ilustrado, su nombre se halla asociado a los acontecimientos más importantes y memorables de su época. A este respecto, sus amigos tienen derecho de reclamar una comparación con los más distinguidos de sus contemporáneos; y entre éstos, deben recordarse los nombres de San Martin, Belgrano, Ocampo, etc. El hallarse asociado a esos hombres, haber participado de sus consejos, cooperado a sus empresas, merecido su confianza y gozado de su amistad, sería bastante honor (…), (…) Pero López, fue aún más feliz. Además de esas orgullosas muestras de distinción, recibió como autor del Himno Nacional Argentino, el unánime tributo de su deferencia y homenaje (…), (…) Cuando en el año de 1812, el general Belgrano destrozó la vanguardia del ejército realista en el Rio de las Piedras el 3 de setiembre, el joven don Vicente López, oficial a sus órdenes, acampado a 3 o 4 cuadras al norte de ese rio, bajo la sombra de una enorme tipa; allí, arrobado en el delirio de la victoria dando ensanche a su entusiasmo, compuso la canción declarada Himno Nacional Argentino “Oíd Mortales (…)”.
2.- “El Cebil Colorado de la Cañada de la Horqueta”

Luego de la muerte del general don Martín Miguel de Güemes, el lugar de su deceso quedó en el olvido hasta el año 1880, cuando el Dr. Ángel Justiniano Carranza; poco más tarde fundador y director del Museo Histórico Nacional; llegó a nuestra provincia con la intención de ubicar el sitio preciso donde el héroe agonizó por espacio de diez días. Siguiendo las indicaciones y referencias suministradas por un descendiente directo del general, el Dr. Carranza se dirigió a la Cañada de la Horqueta y recorrió el monte acompañado por un baqueano, antiguo poblador del lugar, pero lamentablemente, no pudieron localizarlo.
En el transcurso del año 1920, los integrantes del Grupo 2 de Artillería de Montaña del Ejército Argentino recorrieron la zona, determinaron el sitio preciso y tomaron una fotografía del árbol histórico dejando reafirmada la histórica versión.
3.- “El Algarrobo de Campo Santo”

Este ejemplar de algarrobo blanco se encuentra en el sector noroeste de la plaza principal de la localidad de Campo Santo, y fue declarado “Algarrobo Histórico Nacional” por Ley N°27101 del 23 de enero de 2015. Aunque, en la época de la Guerra de la Independencia no se emitió documento que lo mencione, la tradición oral, muy arraigada, por cierto, expresa que “a su sombra descansó el general Manuel Belgrano en varias oportunidades, mientras permaneció por espacio de cuarenta días en el lugar, luego de asumir el mando del Ejército Auxiliar del Alto Perú, en su paso a la ciudad de Jujuy y de regreso cuando dirigió la columna del célebre “Éxodo Jujeño”; años 1812 y 1813 principalmente”. De igual manera, otro hecho histórico destacable e importante, ocurrió en 1814 cuando una numerosa columna realista al mando del coronel Guillermo Marquiegui tomó por sorpresa a doña María Gertrudes Medeiros en su hacienda de la Concepción del Campo Santo; una vez prisionera, la condujeron hasta el algarrobo cercano a la iglesia y la amarraron hasta la madrugada siguiente para escarmiento de quienes colaboraban con los patriotas. En horas de la mañana la trasladaron a pie hasta la ciudad de Jujuy.
Actualmente, la evocación de estos sucesos brota de manera natural en los pobladores del lugar.
4.- “El Algarrobo del Juramento”

Las primeras alusiones al acto de juramento celebrado en la margen norte del río Pasaje, fueron las del escritor Dámaso Uriburu en sus Memorias de 1827 y años más tarde, las del cronista don Mariano Zorreguieta. Después vinieron varios historiadores que se ocuparon de escribir acerca de tan sentido acto soberano. Pero, no se hizo una investigación en el terreno para establecer el lugar cierto del hecho histórico. Por la documentación emitida entonces y lo que narra el coronel Lorenzo Lugones en sus Memorias, sabemos “que el general Manuel Belgrano recibió una comunicación de las autoridades de Buenos Aires antes de cruzar el río. Una vez que las tropas se encontraban en la margen norte y de acuerdo a las instrucciones, ordenó formar en cuadro para luego proceder a jurar Fidelidad a la Asamblea del Año XIII en presencia de una bandera azul celeste y blanca que colocó con mucha circunspección y reverencia en un altar situado en medio del cuadro, proclamó enérgica y alusivamente, y concluyó diciendo: Este será el color de la nueva divisa con que marcharán a la lid los nuevos campeones de la patria. Fue el 13 de febrero de 1813, el día memorable en que el ejército ratificó su juramento besando la cruz que formaba la espada del general en jefe con el asta de la bandera. Pasó a llamarse entonces, río del Juramento. A distancia de cien pasos del río, sobre la ribera que gira al oeste, a la altura de un notable barranco, había unárbol que por su magnitud se distinguía sobre todos los de sus cercanías, limpiando una parte de la corteza, hacia media altura de un hombre, en medio de un círculo de palma y laurel, dibujado en el tronco del árbol se grabó una inscripción que decía:
Rio del Juramento
Triunfaréis de los tiranos
y a la patria daréis gloria,
Si, fieles americanos
juráis obtener victoria.”
Desde los historiadores de fines del siglo XIX se escribieron muchas líneas acerca de uno de los más importantes actos patrióticos. En 1939 un gaucho baqueano, el lugareño don Baltasar Guzmán llamado “El custodio del Juramento” “(…) el 20 de junio de ese año condujo a un grupo de autoridades para verificar el punto donde, por tradición de sus antepasados y referencias de otras personas de la región, tenía conocimiento del punto donde se vadeaba el río Juramento antes de que se hubiere construido el primer puente carretero (…), (…) donde se podían notar las viejas huellas carreteras, lavadas y rellenadas (…), (…) constando la existencia de estos vestigios en varios puntos, encontrando a un costado de estas huellas una rueda de carreta bastante destruida y semienterrada (…), (…) sobre las barrancas que limitan el ancho del cauce del río, en lugar llano del terreno donde se encuentra un viejo algarrobo abatido ya sobre el suelo por la inclemencia de su aislamiento y edad, dividido en dos gruesos troncos (…), (…) por ser el único existente en este lugar próximo al río, es de presumir que haya sido el elegido para grabar en su tronco la inscripción “Río Juramento” que nos refiere el Sr. Belgrano (…), (…) para perpetuar el sitio en que el Ejército juró fidelidad (…), (…) dieron por cumplida su misión (…) Acta del Ministerio de Gobierno, Justicia e Instrucción Pública de la Nación, 3 de abril de 1940.”

La misma frase que el general Belgrano dictó entonces y dejó labrada en el algarrobo, fue grabada en el año 1963 sobre un poste que se colocó al lado del árbol que se estima que es su retoño.
5.- “El árbol de la Posta de Los Algarrobos o de Las Juntas”
Como resultado de muchos vaivenes acerca de la disputa que existe con la antigua “hacienda de Yatasto”, la llamada “Posta de Los Algarrobos o de Las Juntas”, fue también una construcción de la época que, lamentablemente por el paso del tiempo y la desidia de los funcionarios, hoy solo es un recuerdo lejano. Esta última posta “fue el verdadero sitio de encuentro de don Manuel Belgrano y don José de San Martín en horas de la mañana de aquél memorable 17 de enero de 1814, para efectuar el traspaso de mando del Ejército Auxiliar del Alto Perú. Permanecieron conversando varias horas y después siguieron juntos hasta las Posta de Conchas donde durmieron, yendo de paso ambos al punto de la angostura en el río Juramento llevando consigo al capitán de artillería don José Torrens (nativo del lugar) para que delinease un puente levadizo y portátil que debió hacerse en Tucumán, lo que se suplió para evitar con 3 gabarras (lanchones) que mandó construir en el paso común de dicho río el señor Juan Santos Rubio que suplieron perfectamente. De Concha pasaron a un lado del camino de la hacienda de Torrens, donde los dos generales durmieron y obteniendo un mapa geográfico de aquellos lugares, el Sr. San Martín salió para Tucumán, a los dos días siguientes salió el Sr. Belgrano para el mismo punto (…).”
Aún hoy, algunos historiadores, de manera intencional o no, caen en el error de no citarla como tal. En la Posta de Los Algarrobos o de Las Juntas, a la sombra de un robusto algarrobo ubicado hacia un lado de la casa, don Manuel aguardó desde el amanecer, a quién lo relevaría en la conducción de la tropa. Cuando llegó don José, se estrecharon en un afectuoso abrazo. Lamentablemente y por razones que están de más explicar, el viejo algarrobo que cubrió el encuentro de aquellos dos grandes patriotas y la rústica casa-posta, cayeron vencidos.
6.- “El Molle de Cachi”

El Molle es un árbol originario de América que crece y se desarrolla ampliamente en las márgenes del rio Calchaquí desde La Poma al norte hasta el sector sur cercano a Santa María, ocupando las márgenes de los cursos de agua y ciertas zonas adyacentes a la Puna.
La narración, surgió como resultado de un viaje que hiciera en la década de 1980 a la localidad de Cachi. Estando en el pueblito, una mañana salí a preguntar entre los lugareños, de alguien que hiciera vino casero. Terminé golpeando la puerta medio desvencijada de una antigua casona de neta arquitectura colonial a menos de cien metros de la plaza. Atendió una señora mayor que, como orgullosa criolla con la carita surcada de arrugas, pero bien plantada, atentamente me hizo pasar al enorme patio rodeado por columnas de una galería en U, custodiado por un enorme molle. Como era pasado el mediodía y entre tanta conversación que nos ocupó por largo rato, además de venderme unas botellas de vino se ofreció a fritar unas empanadas. Allí nació de sus palabras, la versión que sigue. Doña María contó entonces que su familia era una de las más antiguas del lugar y ocupaba esa casona desde varias generaciones atrás. Haciendo memoria, me contó una historia que trascendía los siglos y le llegaba transmitida por sus padres, teniendo por protagonista a su bisabuelo Gaspar Epifanio Burgos. Sin demasiados detalles dijo que, en los tiempos de la Guerra de la Independencia, don Gaspar integró el Batallón de Pardos y Morenos y tiempo más tarde, la tropa que realizó el glorioso cruce de los Andes al mando del general San Martín. Que estuvo presente con el general en la liberación de Chile y Perú hasta cuando desde Buenos Aires, ordenaron el regreso de aquel ejército emancipador. Don Gaspar, entonces solicitó permiso para volver a su casa después de casi ocho años de ausencia en cumplimiento de su deber con la patria. Llegó caminando a la par del caballo que, consumido por la dura marcha tenía el hocico cubierto de espuma. Guiándolo con las riendas y negándose a abandonarlo o sacrificarlo, hombre y caballo entraron apenas al espacioso patio. Al día siguiente, el animal murió de agotamiento y don Gaspar, en agradecimiento por haberlo traído en su lomo a través de los ásperos caminos del Alto Perú, lo sepultó a la sombra de ese árbol que sombreaba el patio.
7.- “El Sauce Llorón de las Espías”

Al igual que los ejércitos de hombres, fueron muchas las mujeres que apoyaron la causa patriótica. Cada una desde el lugar que ocupaba en aquella sociedad dividida por distintos intereses. Debido a motivos que ni merecen ser traídos a mención, permanecieron ocultas y hasta negadas de estar en las páginas de la historia. Durante los años que duró la Guerra de la Independencia y luego la Guerra Gaucha, el espíritu de libertad nunca decayó, aunque los patriotas luchaban con marcada desigualdad por la falta de armas, equipos y otros recursos. Para suplir esta diferencia, surgió una organización femenina de espionaje perfectamente estructurada que actuó de manera sincronizada y con gran eficiencia. Los realistas las llamaron “bomberas”, y resumo su eficacia en un solo ejemplo; a fines de mayo de 1814 cuando Joaquín de la Pezuela ocupó nuevamente la ciudad de Salta, una de sus acciones fue tratar el tema del espionaje. Este jefe realista, en una comunicación expresó: “(…) nos hacen casi con impunidad una guerra lenta pero fatigosa y perjudicial (...), (…) a todas estas ventajas que nos hacen los enemigos, se agrega otra no menos perjudicial que la de ser avisados por horas de nuestros movimientos y proyectos por medio de los habitantes de estas estancias y principalmente de las mujeres (…), (…) que se hallan con ellos, siendo cada una de estas un espía vigilante y puntual para trasmitir las ocurrencias más diminutas (…).”
Considerando que en aquél entonces las mujeres que sabían leer y escribir, eran pocas, “hubo de parte de este numeroso cuerpo de tareas, una delicada labor de fisgoneo y pesquisa general de excelencia y una extraordinaria concentración, coordinación y distribución de la información, habiendo desarrollado los más ingeniosos métodos”. Por lo general, las mujeres de determinado estrato social se encargaban de recabar datos entre los oficiales realistas en el transcurso de las veladas y fiestas que se organizaban en las ciudades, y también recorriendo otros lugares de reuniones. Por su parte, las criadas y las esclavizadas se encargaban de traer y llevar los mensajes e instrucciones que dejaban ocultos en el hueco de un sauce llorón a orillas del río Arias, mientras acudían con la excusa de lavar ropa. Todas arriesgaron la vida en ello, por eso el éxito de la misión.
8.- “El Sauce de la Desembocadura”

Cercano al pueblito de El Bordo, en el amplio guardapatio de la casa de la “Hacienda de El Sauce o El Paraíso” (hoy no existe ejemplar alguno de este último) que fuera propiedad de doña Magdalena de Goyechea y La Corte, madre del general Martín Miguel de Güemes, unos árboles de considerable altura se mantienen erguidos; quizás son rebrotes de aquel antiguo Sauce que le diera nombre al lugar. “La Desembocadura de El Sauce”, supo ser una de las propiedades de la Orden de los Jesuitas hasta el momento de su expulsión en 1767; pues conocían la existencia de estos estratos calcáreos y los explotaban como abastecedores de cal. Posteriormente la adquirió el abuelo materno del general.
En la actualidad, algunos sauces bordean el arroyo del mismo nombre y no alcanzaremos a saber si son hijuelos del original, aunque, el contexto natural guarda recuerdos de aquellos religiosos. La vieja casona de fines del siglo XVIII se mantiene en pie y en buen estado de conservación; silenciosa y observadora de los hechos que acontecieron con el pasar de los años. Especialmente atesora los que atañen a los primeros tiempos en que nuestro enorme héroe aprendió el secreto de las artes gauchescas.
9.- “El Espinillo del Fuerte de Cobos”

Esta hermosa narración sobre un árbol que existió hasta mediados de la centuria del 1900 en el ámbito del fuerte, me fue obsequiada oportunamente por doña Elvira Braga de Monteros; generosa docente de Geografía que pasaba los cien años de edad y aún compartía lo observado y aprendido en sus recorridas por los viejos caminos y añosos parajes del valle de Cianca. Contaba doña Elvira “en mi juventud alcancé a conocerlo cuando todavía se alzaba como el único espinillo cercano que en verano solía recubrirse de botones amarillos, así adornado, se destacaba entre algarrobos y tipas. Su añoso tronco sostenía la copa abierta y no muy alta, dando una sombra que en las tardes de verano resultaba un alivio para los peregrinos. Conversé con los puesteros que vivían en la “casona histórica” desde mucho antes que sea declarada Monumento Histórico Nacional. Conversé con las mujeres de cada familia de los alrededores. La primera que conocí a mediados de la década de 1920, me transmitió lo que su abuela había escuchado de sus mayores: habitando aquí el matrimonio de don José Antonio Madariaga y doña Rosalía Martínez, tenían un jardín que la señora cuidaba, con lapachos y yuchanes, había un espinillo, que según decían lo habían plantado los Jesuitas que vivían acá cerca, en la misión. Que el arbolito era para curar heridos y enfermos, con las hojas, la corteza y las flores; gente que llegaba lastimada y en mal estado cuando iba al Chaco y después en las guerras. Era demás útil el espinillo. Este espinillo, señaló,” sentadas a su sombra.
10.- “El Quebracho de La Ciénaga”

Desde las primeras épocas de la colonia este paraje mencionado como “el fuertecillo de La Ciénaga”, por su estratégica posición en el valle de Cianca fue un punto clave en las comunicaciones de las primeras ciudades de la región; y lugar de abrigo en el paso de muchos viajeros. El nombre del lugar proviene de la antigua presencia de varias de estas formaciones naturales, de las que una todavía permanece alimentada por los hilos de agua que bajan de dos vertientes desde la serranía de Puerta de Las Antas. Con el paso de los siglos, aquél fuertecillo se transformó en Posta de Correo y Relevo sobre el Camino Real y ha sido mencionada con frecuencia en los escritos de la Guerra de la Independencia. Al comenzar a funcionar como tal, estuvo a cargo de don Manuel Torino y por transmisión oral entre sus descendientes, nos llega hoy la versión que afirma “hacia la parte trasera de la construcción y contra el faldeo de la serranía, se levantaba un coposo quebracho, al que don Manuel, sus hijos y nietos conocieron desde que tenían memoria. Del árbol dijeron que siempre había sido un socorro para los que vivieron allí y para los viajeros.” Este paraje es el punto donde el general Belgrano descansó la noche del 16 de enero de 1814 y escribió el último mensaje mientras se dirigía al río del Juramento al encuentro de don José de San Martín. Por muchos años, el sitio histórico permaneció en el olvido hasta prácticamente desaparecer para siempre. Recientemente localizado con la aplicación de métodos de arqueología histórica, he comprobado que se trata de aquél lugar, y aún guarda un importante contenido patrimonial.